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  • Saludos y actualizaciones

    En breve continuaré con el trabajo que me propuse y que además me gusta mucho.
    Perdonen si no he podido estar por aquí ni he visitado a los amigos.
    Hoy he recibido un correo indicando que borrarían mi cuenta, debido al tiempo que hacía que no actualizaba y tampoco hacía caso a los mensajes que me enviaban...
    Con esta nota actualizo el blog y me propongo sacar un poco de tiempo para continuarlo.
    Un saludo a todos los que pasen por aquí.

  • Rimas y Versos de Bécquer

    La obra de Bécquer es muy extensa. No es que la vaya a poner íntegra, pero quiero reflejar algunos de sus primeros versos y para que no se haga tan pesada la entrada, los iré poniendo de seis en seis. Espero que disfrutéis de ellos como lo hago yo.

    Como se arranca el hierro de una herida

    Como se arranca el hierro de una herida
    su amor de las entrañas me arranqué,
    aunque sentí al hacerlo que la vida
    me arrancaba con él!

    Del altar que le alcé en el alma mía
    la Voluntad su imagen arrojó,
    y la luz de la fe que en ella ardía
    ante el ara desierta se apagó.

    Aún turbando en la noche el firme empeño
    vive en la idea la visión tenaz...
    ¡Cuándo podré dormir con ese sueño
    en que acaba el soñar!

    Yo me he asomado a las profundas simas

    Yo me he asomado a las profundas simas
    de la tierra y del cielo,
    y les he visto el fin o con los ojos
    o con el pensamiento.

    Mas, ¡ay!, de un corazón llegué al abismo
    y me incliné un momento,
    y mi alma y mis ojos se turbaron.
    ¡Tan hondo era y tan negro!

    En la clave del arco ruinoso

    En la clave del arco ruinoso
    cuyas piedras el tiempo enrojeció,
    obra de un cincel rudo campeaba
    el gótico blasón.

    Penacho de su yelmo de granito,
    la yedra que colgaba en derredor
    daba sombra al escudo en que una mano
    tenía un corazón.

    A contemplarle en la desierta plaza
    nos paramos los dos.
    Y, ése, me dijo, es el cabal emblema
    de mi constante amor.

    ¡Ay!, y es verdad lo que me dijo entonces:
    Verdad que el corazón
    lo llevará en la mano..., en cualquier parte....
    pero en el pecho no.

    ¡Los suspiros son aire y van al aire!

    ¡Los suspiros son aire y van al aire!
    ¡Las lágrimas son agua y van al mar!
    Dime, mujer: cuando el amor se olvida,
    ¿sabes tú a dónde va?

    Las ondas tienen vaga armonía

    Primera voz

    Las ondas tienen vaga armonía,
    Las violetas suave olor,
    brumas de plata la noche fría,
    luz y oro el día,
    yo algo mejor;
    ¡yo tengo Amor!

    Segunda voz

    Aura de aplausos, nube radiosa,
    ola de envidia que besa el pie.
    Isla de sueños donde reposa
    el alma ansiosa.
    ¡Dulce embriaguez
    la Gloria es!

    Tercera voz

    Ascua encendida es el tesoro,
    sombra que huye la vanidad.
    Todo es mentira: la gloria, el oro.
    Lo que yo adoro
    sólo es verdad;
    ¡la Libertad!

    Así los barqueros pasaban cantando
    la eterna canción
    y al golpe del remo saltaba la espuma
    y heríala el sol.

    ¿Te embarcas?, gritaban, y yo sonriendo
    les dije al pasar:
    Yo ya me he embarcado; por señas que aún tengo
    la ropa en la playa tendida a secar.

    Fatigada del baile

    Fatigada del baile,
    encendido el color, breve el aliento,
    apoyada en mi brazo
    del salón se detuvo en un extremo.

    Entre la leve gasa
    que levantaba el palpitante seno,
    una flor se mecía
    en compasado y dulce movimiento.

    Como en cuna de nácar
    que empuja el mar y que acaricia el céfiro,
    dormir parecía al blando
    arrullo de sus labios entreabiertos.

    ¡Oh!, ¡quién así, pensaba,
    dejar pudiera deslizarse el tiempo!
    ¡Oh!, si las flores duermen,
    qué dulcísimo sueño!

  • Gustavo Adolfo Bécquer

    5luna

    Un miércoles de madrugada, 17 de Febrero de 1836, vino al mundo en mi preciosa Sevilla, Gustavo Adolfo Bécquer. La casa donde nació se encontraba en la actual calle Conde de Barajas, antigua calle Ancha del populoso barrio de San Lorenzo, exactamente en el número nueve de dicha calle.
    Fue bautizado el jueves 25 del mismo mes, en la parroquia de San Lorenzo Mártir, siendo su madrina Manuela Monnehay, hija de un perfumista francés instalado en Sevilla y discípula del padre del admirado poeta, que era pintor.
    Los Bécquer, nobles flamencos, llegaron a Sevilla a finales del siglo XVI para comerciar y pronto alcanzaron una próspera situación entre las familias sevillanas de más alto status, llegando a tener Capilla propia en la catedral hispalense.
    El padre, don José Domínguez Bécquer, pintor de costumbres, casó con doña Joaquina de la Bastida y Vargas, y de este matrimonio nacieron ocho hijos. Don José tuvo éxito pintando para los ingleses viajeros que compraban entusiasmados sus cuadros costumbristas, lo que le permitió mantener holgadamente a su familia.
    La infancia del poeta transcurrió tranquila y dichosa hasta los cinco años. En 1841, murió su padre. Después, en 1847, también moriría su madre, dejando echo niños huérfanos estudiando en particular Gustavo Adolfo, para marino en el colegio de San Telmo en condición de pobre pero de familia noble.
    Protegido por su madrina y por su tío Joaquín Domínguez Bécquer, importante pintor sevillano, nuestro gran poeta aprende pintura y humanidades y estrecha relaciones en especial con su hermano Valeriano, que más tarde se convertiría en un importante pintor y lo protegería en los momentos difíciles de su juventud.
    Como poeta, empieza bien pronto a destacar, como lo demuestra su Oda a la muerte de don Alberto Lista, escrita en 1848.
    En 1853, Bécquer es ya un joven poeta que publica versos en revistas y periódicos locales y que conoce a otros incipientes escritores que han de tener importancia en su vida, como Narciso Campillo, futuro editor póstumo de sus obras, o Julio Nombela, autor de unas importantes memorias que reconstruyen gran parte del periplo vital becqueriano. Los tres poetas forman una sociedad literaria y recogen sus poemas con la ilusión de publicarlos en Madrid y alcanzar fama.
    Su educación literaria, dirigida en el Instituto sevillano por Francisco Rodríguez Zapata, discípulo del gran ilustrado Alberto Lista, es clasicista, con especial aprecio a los poetas latinos y españoles del Siglo de Oro, en especial, Fray Luis de León, Herrera o Rioja. A la búsqueda del ritmo musical, de la expresión ajustada y noble, se une una inclinación pre-romántica hacia lo sublime: la emoción ante la noche, la muerte, la fragilidad humana, etc., tal y como habían cantado Young, Rousseau o Chateaubriand.
    La familia Bécquer, en arte y en política, se identifica con la Sevilla conservadora. Así, mientras en Madrid, en 1854, triunfa la intentona liberal-popular de O'Donnell, la «Vicalvarada», el poeta exhibe su espíritu satírico frente a la revolución en unos dibujos que se conservan en un álbum denominado Los Contrastes, o Álbum de la Revolución de Julio de 1854, por un Patriota. Un retrato de 1853 nos muestra al Bécquer de gusto clásico, fino y esmerado.
    Si hay una época en la que destaca en todos los aspectos el romanticismo, sin duda fue los años que le tocó vivir a nuestro poeta y todo el tiempo hasta finales de ese siglo. Pronto Gustavo Adolfo se deja ganar por el sueño de conquistar gloria y fortuna en Madrid. Abandona Sevilla y con la ayuda de su tío, llega a la Corte en octubre de 1854. Nombela lo espera y Campillo ha de llegar en breve. El primero da detalles de la lóbrega pensión en que ha de hospedarse, donde, en cambio, la patrona doña Soledad, andaluza también, lo protegerá y cuidará de él hasta 1860, en que gracias a otro de sus grandes amigos y editores de su obra póstuma, Rodríguez Correa, le consiga un empleo fijo de redactor en un gran periódico centrista español "El Contemporáneo". Bécquer conocerá las privaciones y la forzosa bohemia que han sufrido la mayoría de escritores en España antes y después que él. Para ganar el pan tuvo que hacer de todo: biografías de políticos a destajo, traducciones, chupatintas en una oficina pública, dibujos, zarzuelas, etc.
    La estética becqueriana, formada de un cierto clasicismo entreverado de romanticismo medievalista, encontrará en Madrid un nuevo ambiente poético del que saldrán, finalmente, las Rimas becquerianas. El romanticismo desarrolla una faceta desatendida anteriormente: La intimidad se concentra en las verdades del corazón a través del poema breve, directo o de la balada germánica, imaginativa y sugerente. Interesan ahora el Byron de las Hebrew Melodies, o el Heine del Intermezzo, a través de la importante traducción que Eulogio Florentino Sanz realiza en 1857 en la revista El Museo Universal.
    En 1857 emprende una obra importante, la Historia de los Templos de España. Se trataba, siguiendo a Chateaubriand, de estudiar el arte cristiano español uniendo el pensamiento religioso, la arquitectura y la historia: «La tradición religiosa es el eje de diamante sobre el que gira el pasado de España. Estudiar el templo, manifestación visible de la primera, para hacer en un sólo libro la síntesis del segundo: he aquí nuestro propósito.» El proyecto, inacabado pero que reunió a grandes especialistas, muestra las dotes organizativas del poeta «soñador».
    Para ganar algún dinero el poeta escribe, en colaboración con sus amigos, comedias y zarzuelas como La novia y el pantalón (1856), en que satiriza el ambiente burgués y antiartístico que le rodea; o, entre otras, La venta encantada, basada en el Quijote.
    En 1858, cansado y debilitado por el trabajo y las penurias, cae el poeta gravemente enfermo. Le asisten su hermano Valeriano y su amigo Rodríguez Correa, quien, para encontrar recursos, rebusca entre los papeles de Gustavo Adolfo y encuentra la primera de las leyendas publicadas, El caudillo de las manos rojas, de ambiente hindú y de un exotismo orientalista bastante nuevo en España.
    Las tertulias artísticas en lugares públicos (cafés) o privados (casas particulares) proliferaron extraordinariamente en el siglo XIX. Don Joaquín Espín, maestro director de la Universidad Central, profesor de solfeo en el Conservatorio y organista de la capilla real, protegido de Narváez y bien introducido en palacio, tenía dos hijas, Julia y Josefina, y daba alguna tertulia musical en su domicilio.
    Julia, nacida en 1838, soñaba con llegar a ser una cantante de ópera famosa, como su tía bisabuela materna Colbrand, primera esposa de Rossini. En 1856 había cantado ante los reyes, estudio en el extranjero, actuó en La Scala de Milan en 1867 y en Rusia en 1869. En 1873, dos años después de muerto el poeta, casó con Benigno Ortega, que llegaría a ministro de la Gobernación.
    De Josefina se sabe poco. Tenía los ojos azules (Julia, negros), y según Rafael Montesinos las primeras rimas becquerianas manifiestan un posible galanteo con la hermana de Julia.
    Bécquer, que aún no era famoso, y sus amigos, todos jóvenes, acudían a la tertulia de los Espín. El poeta leía sus versos y manifestaba sus excelentes dotes musicales. Para todos era evidente su inclinación hacia Julia, la cual, con aspiraciones más altas, aunque estimaba el arte del poeta, no le consideraba un partido adecuado, y le disgustaba el ambiente bohemio y poco limpio que le rodeaba.
    Los textos y dibujos del poeta dedicados a Julia "su musa" a la que no olvidaría nunca y a la que dedicó una parte importante de sus rimas.
    De 1858 a 1863, la Unión Liberal de O'Donnell gobierna España. En 1860, González Bravo, personaje importante de la oposición conservadora de Narváez, con el apoyo del financiero Salamanca, fundan "El Contemporáneo", dirigido por José Luis Albareda y en él participan redactores de la importancia de Valera. Rodríguez Correa, ya redactor del nuevo diario, consigue que entre Bécquer. Se trata de hacer oír la voz del ala liberal del partido moderado. En este periódico el poeta hará de todo: crónica de salones, política, literatura... El Contemporáneo desapareció en 1865.
    Y de repente, ante la extrañeza de sus amigos, el poeta se casa en 1861 con Casta Esteban y Navarro. La había conocido en la consulta del padre de ella, a la que Bécquer acudía para tratarse de una enfermedad venérea contraída en sus años bohemios.
    Son años fructíferos en los que el poeta publica la mayoría de sus rimas y leyendas y se hace un nombre, además de poder mantener una familia con hijos. Pero en la intimidad de sus escritos el poeta se duele del fin de sus ilusiones. A su ascenso artístico y social (protegido del ministro conservador González Bravo, que lo nombra censor de novelas con un excelente sueldo; director de importantes revistas y periódicos, etc.) le acompaña un aburguesamiento paralelo al de la sociedad madrileña post-romántica, realista y poco sensible.
    De salud enfermiza, es aconsejado a un descanso por su íntimo amigo Ferrán, autor de cantares, con su familia y acompañado de su hermano Valeriano y de los hijos de éste, se retira en 1864 al Monasterio de Veruela, monasterio cisterciense desamortizado y en el que haya instalada una hospedería en las antiguas celdas. Desde allí remitirá al periodico sus famosas cartas Desde mi celda, en las que, además de hacer reportajes sobre tipos y paisajes, hace un repaso de su vida pasada y actual, marcada por un profundo desencanto.
    1868 será un mal año para el poeta. Casta le es infiel y Gustavo se separa de ella quedando los dos hijos a su cargo. Perderá, con la revolución liberal, su puesto oficial, al tiempo que cae el ministro, protector y admirador de Bécquer Luis González Bravo, quien le había pedido que reuniese sus poesías para publicarlas a su costa. Así lo hizo el poeta, organizando sus rimas en el primer manuscrito del Libro de los gorriones, con prólogo del ministro.
    Pero en los disturbios de la revolución el palacio de González Bravo fue asaltado por la muchedumbre y el manuscrito se perdió.
    En Toledo, los hermanos Bécquer, con sus hijos, se refugiaron hasta que amainase el vendaval revolucionario.
    Volvieron en 1870, a un hotelito en las Ventas, llamado La Quinta del Espíritu Santo. Convencieron a Eduardo Gasset para que fundase La Ilustración de Madrid, en la que el poeta sería el director y Valeriano dibujante. Colaboran estrechamente ambos hermanos en multitud de dibujos con texto, hasta que el 23 de septiembre de 1870 muere Valeriano. Rodríguez Correa, que ha prosperado mucho, se lleva al poeta y a sus hijos a un lujoso piso en la calle Claudio Coello, en el barrio de Salamanca.
    Pero el poeta ya no resiste el golpe. Mientras agoniza, pide a Ferrán que queme sus cartas («serían mi deshonra»), que publiquen su obra («Si es posible, publicad mis versos. Tengo el presentimiento de que muerto seré más y mejor conocido que vivo») y que cuiden de sus niños. Murió a las diez de la mañana, después de pronunciar las terribles palabras, reveladoras del desencanto que le embarga, «Todo mortal». En Sevilla había eclipse total de sol.
    Inmediatamente, los amigos, especialmente Ferrán y Correa, iniciaron los trabajos para editar y financiar la publicación de las Obras Completas del malogrado amigo, que en sucesivas ediciones fueron incorporando la mayoría de los textos que hoy conocemos del poeta, afortunadamente salvados del olvido.

  • ¡FELIZ NAVIDAD!

    5LUNA

    La Navidad es la época más linda y esperada del calendario. Significa la reunión de familias, de padres e hijos, de hermanos, parientes y amigos.
    Época de pensar sobre nuestros aciertos y desaciertos, nuestros Sueños, esperanzas y logros.
    La música de Navidad alcanza las cuerdas más sensibles de nuestro corazón.
    Que estas Fiestas de Navidad, esten envueltas en papel de Felicidad y atadas con cinta de Amor, para que perduren todo el Año Nuevo.
    Mis más cálidos deseos de Amor, Paz y Salud.

  • POEMAS DE ALFONSINA STORNI

    Con esta selección de poemas de Anfonsina Storni, concluyo las entradas dedicadas a ella.
    Espero que os guste tanto como a mí.

    Si aún no lo habéis hecho, leed las dos entradas anteriores también dedicadas a Alfonsina

    ALFONSINA Y EL MAR

    Por la blanda arena que lame el mar
    su pequeña huella no vuelve más.
    Un sendero solo de pena y silencio
    llegá hasta el agua profunda.
    Un sendero solo de penas mudas
    llegá hasta las espumas.
    Sabe Dios que angustia te acompañó,
    que dolores viejos calló tu voz,
    para recostarte arruyada en el canto
    de las caracolas marinas la canción
    que canta en el fondo oscuro del mar
    la caracola.
    Te vas Alfonsina con tu soledad
    ¿Qué poemas nuevos fuiste a buscar?
    Y una voz antigua de viento y de mar
    te requiebra el alma y la está llamando
    y te vas, hacia allí como en sueños,
    dormida Alfonsina, vestida de mar.
    Cinco sirenitas te llevarán
    por caminos de algas y de coral
    Tus fosforescentes caballos marinos
    harán una ronda a tu lado.
    .Y los habitantes del agua
    van a jugar pronto a tu lado.
    Bájame la lámpara un poco más,
    déjame que duerma nodriza en paz.
    Y si llama él no le digas que estoy,
    dile que Alfonsina no vuelve.
    Y si llama él no le digas nunca
    que estoy dile que me he ido.

    DATE A VOLAR

    Anda, date a volar, hazte una abeja:
    en el jardín florecen amapolas,
    y el néctar fino colma las corolas;
    mañana el alma tuya será vieja.
    Anda, suelta a volar, hazte paloma,
    recorre el bosque y picotea granos,
    come migajas en distintas manos,
    la pulpa muerde de fragante poma.
    Anda, date a volar, sé golondrina,
    busca la playa de los soles de oro,
    gusta la primavera y su tesoro:
    la primavera es única y divina.
    Mueres de sed: no he de oprimirte tanto.
    Anda, camina por el mundo, sabe:
    dispuesta sobre el mar está tu nave.
    date a volar hacia el mejor encanto.
    Corre, camina más, es poco aquello.
    Aún quedan cosas que tu mano anhela,
    corre, camina, gira, sube y vuela:
    gústalo todo porque todo es bello.
    Echa a volar... mi amor no te detiene,
    ¡Cómo te entiendo, Bien, cómo te entiendo!
    Llore mi vida... el corazón se apene...
    Date a volar, amor, yo te comprendo.
    Callada el alma... el corazón partido,
    Suelto tus alas... ve... pero te espero.
    ¿Cómo traerás el corazón, viajero?
    Tendré piedad de un corazón vencido.
    Para que tanta sed bebiendo cures
    Hay numerosas sendas para tí.
    Pero se hace la noche; no te apures.
    Todas traen a mí...

    TÚ ME QUIERES BLANCA

    Tú me quieres alba,
    Me quieres de espumas,
    Me quieres de nácar.
    Que sea azucena
    Sobre todas, casta.
    De perfume tenue.
    Corola cerrada
    Ni un rayo de luna
    Filtrado me haya.
    Ni una margarita
    Se diga mi hermana.
    Tú me quieres nívea,
    Tú me quieres blanca,
    Tú me quieres alba.
    Tú que hubiste todas
    Las copas a mano,
    De frutos y mieles
    Los labios morados.
    Tú que en el banquete
    Cubierto de pámpanos
    Dejaste las carnes
    Festejando a Baco.
    Tú que en los jardines
    Negros del Engaño
    Vestido de rojo
    Corriste al Estrago.
    Tú que el esqueleto
    Conservas intacto
    No sé todavía
    Por cuáles milagros,
    Me pretendes blanca
    (Dios te lo perdone),
    Me pretendes casta
    (Dios te lo perdone),
    ¡Me pretendes alba!
    Huye hacia los bosques,
    Vete a la montaña;
    Límpiate la boca;
    Vive en las cabañas;
    Toca con las manos
    La tierra mojada;
    Alimenta el cuerpo
    Con raíz amarga;
    Bebe de las rocas;
    Duerme sobre escarcha;
    Renueva tejidos
    Con salitre y agua;
    Habla con los pájaros
    Y lávate al alba.
    Y cuando las carnes
    Te sean tornadas,
    Y cuando hayas puesto
    En ellas el alma
    Que por las alcobas
    Se quedó enredada,
    Entonces, buen hombre,
    Preténdeme blanca,
    Preténdeme nívea,
    Preténdeme casta.

    ALMA DESNUDA

    Soy un alma desnuda en estos versos,
    Alma desnuda que angustiada y sola
    Va dejando sus pétalos dispersos.
    Alma que puede ser una amapola,
    Que puede ser un lirio, una violeta,
    Un peñasco, una selva y una ola.
    Alma que como el viento vaga inquieta
    Y ruge cuando está sobre los mares,
    Y duerme dulcemente en una grieta.
    Alma que adora sobre sus altares,
    Dioses que no se bajan a cegarla;
    Alma que no conoce valladares.
    Alma que fuera fácil dominarla
    Con sólo un corazón que se partiera
    Para en su sangre cálida regarla.
    Alma que cuando esté en la primavera
    Dice al inviemo que demora: vuelve,
    Caiga tu nieve sobre la pradera.
    Alma que cuando nieva se disuelve
    En tristezas, clamando por las rosas
    Con que la primavera nos envuelve.
    Alma que a ratos suelta mariposas
    A campo abierto, sin fijar distancia,
    Y les dice libad sobre las cosas.
    Alma que ha de morir de una fragancia,
    De un suspiro, de un verso en que se ruega,
    Sin perder, a poderlo, su elegancia.
    Alma que nada sabe y todo niega
    Y negando lo bueno el bien propicia
    Porque es negando como más se entrega,
    Alma que suele haber como delicia
    Palpar las almas, despreciar la huella,
    Y sentir en la mano una caricia.
    Alma que siempre disconforme de ella,
    Como los vientos vaga, corre y gira;
    Alma que sangra y sin cesar delira
    Por ser el buque en marcha de la estrella.

    UN SOL

    Mi corazón es como un dios sin lengua,
    Mudo se está a la espera del milagro,
    He amado mucho, todo amor fue magro,
    Que todo amor lo conocí con mengua.
    He amado hasta llorar, hasta morirme.
    Amé hasta odiar, amé hasta la locura,
    Pero yo espero algún amor natura
    Capaz de renovarme y redimirme.
    Amor que fructifique mi desierto
    Y me haga brotar ramas sensitivas,
    Soy una selva de raíces vivas,
    Sólo el follaje suele estarse muerto.
    ¿En dónde está quien mi deseo alienta?
    ¿Me empobreció a sus ojos el ramaje?
    Vulgar estorbo, pálido follaje
    Distinto al tronco fiel que lo alimenta.
    ¿En dónde está el espíritu sombrío
    De cuya opacidad brote la llama?
    Ah, si mis mundos con su amor inflama
    Yo seré incontenible como un río.
    ¿En dónde está el que con su amor me envuelva?
    Ha de traer su gran verdad sabida...
    Hielo y más hielo recogí en la vida:
    Yo necesito un sol que me disuelva.

    FRENTE AL MAR

    Oh mar, enorme mar, corazón fiero
    De ritmo desigual, corazón malo,
    Yo soy más blanda que ese pobre palo
    Que se pudre en tus ondas prisionero.
    Oh mar, dame tu cólera tremenda,
    Yo me pasé la vida perdonando,
    Porque entendía, mar, yo me fui dando:
    "Piedad, piedad para el que más ofenda".
    Vulgaridad, vulgaridad me acosa.
    Ah, me han comprado la ciudad y el hombre.
    Hazme tener tu cólera sin nombre:
    Ya me fatiga esta misión de rosa.
    ¿Ves al vulgar? Ese vulgar me apena,
    Me falta el aire y donde falta quedo,
    Quisiera no entender, pero no puedo:
    Es la vulgaridad que me envenena.
    Me empobrecí porque entender abruma,
    Me empobrecí porque entender sofoca,
    ¡Bendecida la fuerza de la roca!
    Yo tengo el corazón como la espuma.
    Mar, yo soñaba ser como tú eres,
    Allí en las tardes que la vida mía.
    Bajo las horas cálidas se abría...
    Ah, yo soñaba ser como tú eres.
    Mírame aquí, pequeña, miserable,
    Todo dolor me vence, todo sueño;
    Mar, dame, dame el inefable empeño
    De tornarme soberbia, inalcanzable.
    Dame tu sal, tu yodo, tu fiereza,
    ¡Aire de mar!... ¡Oh tempestad, oh enojo!
    Desdichada de mí, soy un abrojo,
    Y muero, mar, sucumbo en mi pobreza.
    Y el alma mía es como el mar, es eso.
    Ah, la ciudad la pudre y equivoca.
    Pequeña vida que dolor provoca,
    ¡Que pueda libertarme de su peso!
    Vuele mi empeño, mi esperanza vuele...
    La vida mía debió ser horrible.
    Debió ser una arteria incontenible
    Y apenas es cicatriz que siempre duele.

    ESTA TARDE

    Ahora quiero amar algo lejano...
    Algún hombre divino
    Que sea como un ave por lo dulce,
    Que haya habido mujeres infinitas
    Y sepa de otras tierras, y florezca
    La palabra en sus labios, perfumada:
    Suerte de selva virgen bajo el viento...
    Y quiero amarlo ahora. Está la tarde
    Blanda y tranquila como espeso musgo.
    Tiembla mi boca y mis dedos finos,
    Se deshacen mis trenzas poco a poco.
    Siento un vago rumor... Toda la tierra
    Está cantando dulcemente... Lejos
    Los bosques se han cargado de corolas,
    Desbordan los arroyos de sus cauces
    Y las aguas se filtran en la tierra
    Así como mis ojos en los ojos
    Que estoy soñando embelesada...
    Pero
    Ya está bajando el sol de los montes,
    Las aves se acurrucan en sus nidos,
    La tarde ha de morir y él está lejos...
    Lejos como este sol que para nunca
    Se marcha y me abandona, con las manos
    Hundidas en las trenzas, con la boca
    húmeda y temblorosa, con el alma
    sutilizada, ardida en la esperanza
    De este amor infinito que me vuelve
    dulce y hermosa...

    TE ACUERDAS

    Mi boca con un ósculo travieso
    buscó a tus golondrinas, traicioneras,
    y sentí tus pestañas prisioneras
    palpitando en las combas de mi beso.
    Me libró la materia de su peso.
    Pasó por mí un fulgor de primaveras
    y el alma anestesiada de quimeras
    conoció la fruición del embeleso.
    Fue un momento de paz tan exquisito
    que yo sorbí la luz del infinito
    y me asaltó el deseo de llorar.
    ¿Te acuerdas que la tarde se moría
    y mientras susurrabas: "¡Mía! ¡Mía!"
    como un niño me puse a sollozar?.

    DUERME TRANQUILO

    Dijiste la palabra que enamora
    a mis oídos. Ya olvidaste. Bueno.
    Duerme tranquilo. Debe estar sereno
    y hermoso el rostro tuyo a toda hora.
    Cuando encanta la boca seductora
    debe ser fresca, su decir ameno;
    para tu oficio de amador no es bueno
    el rostro ardido del que mucho llora.
    Te reclaman destinos más gloriosos
    que el de llevar, entre los negros pozos
    de las ojeras, la mirada en duelo.
    ¡Cubre de bellas víctimas el suelo!
    Más daño al mundo hizo la espada fatua
    de algún bárbaro rey y tiene estatua.

    PIEDRA MISERABLE

    Oh, piedra dura, miserable piedra,
    Yo te golpeo, te golpeo en vano,
    Y es inútil la fuerza de mi mano,
    Oh piedra dura, miserable piedra.
    Pero haces bien, oh miserable piedra,
    Deja que tiente un golpe sobrehumano,
    Deja golpear, deja golpear mi mano,
    Oh piedra dura, miserable piedra.
    No me des nada, miserable piedra,
    Guarda un silencio altivo y soberano,
    No te ablandes jamás entre mi mano;
    Oh piedra dura, miserable piedra.
    Con tu impiedad, oh miserable piedra,
    Recobro alientos y el deseo gano,
    No te dejes caer sobre mi mano,
    Mezquina, estulta, miserable piedra.
    Si un día torpe, miserable piedra,
    Te venciera la fuerza del verano
    Y cayeras a gotas en mi mano
    Yo te odiaría, miserable piedra ...

    UN CEMENTERIO QUE MIRA AL MAR

    Decid, oh muertos, ¿quién os puso un día
    Así acostados junto al mar sonoro?
    ¿Comprendía quien fuera que los muertos
    Se hastían ya del canto de las aves
    Y nos han puesto muy cerca de las olas
    Porque sintáis del mar azul, el ronco
    Bramido que apavora?
    Os estáis junto al mar que no se calla
    Muy quietecitos, con el muerto oído
    Oyendo cómo crece la marea, y aquel
    Mar que se mueve a nuestro lado, es la
    Promesa no cumplida, de una Resurrección.
    El viento, en primavera, suavemente,
    Desde la barca que allá lejos pasa,
    Os trae risas de mujeres ... Tibio
    Un beso viene con la risa, filtra
    La piedra fría, y se acurruca, sabio,
    En vuestra boca y os consuela un poco.
    Pero en noches tremendas, cuando aúlla
    El viento sobre el mar y allá a lo lejos
    Los hombres vivos que navegan tiemblan
    Sobre los cascos débiles, y el cielo
    Se vuelca sobre el mar en aluviones,
    Vosotros, los eternos contenidos,
    No podéis más, y con esfuerzo enorme
    Levantáis las cabezas de la tierra.
    Y en un lenguaje que ninguno entiende
    Gritáis: Venid, olas del mar, rodando,
    Venid de golpe y envolvednos como
    Nos envolvieron, de pasión movidos,
    Brazos amantes. Estrujadnos, olas,
    Movednos de este lecho donde estamos
    Horizontales, viendo cómo pasan los
    Mundos por el cielo, noche a noche.
    Entrad por nuestros ojos consumidos,
    Buscad la lengua, la que habló, y movedla,
    ¡Echadnos fuera del sepulcro a golpes!
    Y acaso el mar escuche, innumerable,
    Vuestro llamado, monte por la playa,
    ¡Y os cubra al fin terriblemente hinchado!
    Entonces, como obreros que comprenden,
    Se detendrán las olas y leyendo
    Las lápidas inscriptas, poco a poco
    Las moverán a suaves golpes, hasta
    Que las desplacen, lentas, y os liberten.
    ¡Oh, qué hondo grito el que daréis, qué
    Enorme grito de muerto, cuando el mar nos
    Coja Entre sus brazos, y os arroje al seno
    Del grande abismo que se mueve siempre!
    Brazos cansados de guardar la misma
    Horizontal postura; tibias largas,
    Calaveras sonrientes: elegantes
    Fémures corvos, confundidos todos,
    Danzarán bajo el rayo de la luna
    La milagrosa danza de las aguas.
    Y algunas desprendidas cabelleras.
    Rubias acaso, como el sol que baje
    Curioso a veros, islas delicadas
    Formarán sobre el mar y acaso atraigan
    A los pequeños pájaros viajeros.

    VERSOS A LA TRISTEZA DE BUENOS AIRES

    Tristes calles derechas, agrisadas e iguales
    por donde asoma, a veces, un pedazo de cielo,
    sus fachadas oscuras y el asfalto del suelo
    me apagaron los tibios sueños primaverales.
    Cuánto vagué por ellas, distraída, empapada
    en el vaho grisáseo, lento, que las decora.
    De su monotonía mi alma padece ahora.
    --¡Alfonsina! -- No llames, ya no respondo a nada.
    Si en una de tus casas, Buenos Aires, me muero
    viendo en días de otoño tu cielo prisionero,
    no me será sorpresa la lápida pesada.
    Que entre tus calles rectas, untadas de su río
    apagado, brumoso, desolante y sombrío,
    cuando vagué por ellas, y estaba yo enterrada.

    ¡ADIOS!

    Las cosas que mueren jamás resucitan,
    las cosas que mueren no tornan jamás.
    ¡Se quiebran los vasos y el vidrio que queda
    es polvo por siempre y por siempre será!
    Cuando los capullos caen de la rama
    dos veces seguidas no florecerán…
    ¡Las flores tronchadas por el viento impío
    se agotan por siempre, por siempre jamás!
    ¡Los días que fueron, los días perdidos,
    los días inertes ya no volverán!
    ¡Qué tristes las horas que se desgranaron
    bajo el aletazo de la soledad!
    ¡Qué tristes las sombras, las sombras nefastas,
    las sombras creadas por nuestra maldad!
    ¡Oh, las cosas idas, las cosas marchitas,
    las cosas celestes que así se nos van!
    ¡Corazón… silencia!… ¡Cúbrete de llagas!…
    ?de llagas infectas? ¡cúbrete de mal!…
    ¡Que todo el que llegue se muera al tocarte,
    corazón maldito que inquietas mi afán!
    ¡Adiós para siempre mis dulzuras todas!
    ¡Adiós mi alegría llena de bondad!
    ¡Oh, las cosas muertas, las cosas marchitas,
    las cosas celestes que no vuelven más! …

    BIEN PUDIERA SER

    Pudiera ser que todo lo que en verso he sentido
    no fuera más que aquello que nunca pudo ser,
    no fuera más que algo vedado y reprimido
    de familia en familia, de mujer en mujer.
    Dicen que en los solares de mi gente, medido
    estaba todo aquello que se debía hacer…
    Dicen que silenciosas las mujeres han sido
    de mi casa materna… Ah, bien pudiera ser…
    A veces en mi madre apuntaron antojos
    de liberarse, pero, se le subió a los ojos
    una honda amargura, y en la sombra lloró.
    Y todo esto mordiente, vencido, mutilado,
    todo esto que se hallaba en su alma encerrado,
    pienso que sin quererlo lo he libertado yo.

    VOY A DORMIR

    Dientes de flores, cofia de rocío,
    manos de hierbas, tú, nodriza fina,
    tenme prestas las sábanas terrosas
    y el edredón de musgos escardados.
    Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
    Ponme una lámpara en la cabecera;
    una constelación, la que te guste;
    todas son buenas, bájala un poquito.
    Déjame sola; oyes romper los brotes ...
    te acuna un pie celeste desde arriba
    y un pájaro te traza unos compases para
    que olvides ... Gracias ... Ah, un encargo:
    si él llama nuevamente por teléfono
    le dices que no insista, que he salido.

    CANCIÓN DE LA MUJER ASTUTA

    Cada rítmica luna que pasa soy llamada,
    por los números graves de Dios, a dar mi vida
    en otra vida: mezcla de tinta azul teñida;
    la misma extraña mezcla con que ha sido amasada.
    Y a través de mi carne, miserable y cansada,
    filtra un cálido viento de tierra prometida,
    y bebe, dulce aroma, mi nariz dilatada
    a la selva exultante y a la rama nutrida.
    Un engañoso canto de sirena me cantas,
    ¡naturaleza astuta! Me atraes y me encantas
    para cargarme luego de alguna humana fruta.
    Engaño por engaño: Mi belleza se esquiva
    al llamado solemne; de esta fiebre viva,
    algún amor estéril y de paso, disfruta.

    ESTO ES AMOR

    Esto es amor, esto es amor, yo siento
    en todo átomo vivo un pensamiento.
    Yo soy una y soy mil, todas las vidas
    pasan por mí, me muerden sus heridas.
    Y no puedo ya más, en cada gota
    de mi sangre hay un grito y una nota.
    Y me doblo, me doblo bajo el peso
    de un beso enorme, de un enorme beso.

    PALABRAS DE MI MADRE

    No las grandes verdades yo te pregunto, que
    No las contestarás; solamente investigo
    Si, cuando me gestaste, fue la luna testigo,
    Por los oscuros patios en flor, paseándose.
    Y si, cuando en tu seno de fervores latinos
    Yo escuchando dormía, un ronco mar sonoro
    Te adormeció las noches, y miraste, en el oro
    Del crepúsculo, hundirse los pájaros marinos.
    Porque mi alma es toda fantástica, viajera,
    Y la envuelve una nube de locura ligera
    Cuando la luna nueva sube al cielo azulino.
    Y gusta, si el mar abre sus fuertes pebeteros.
    Arrullada en un claro cantar de marineros
    Mirar las grandes aves que pasan sin destino.

    TU DULZURA

    Camino lentamente por la senda de acacias,
    me perfuman las manos sus pétalos de nieve,
    mis cabellos se inquietan bajo céfiro leve
    y el alma es como espuma de las aristocracias.
    Genio bueno: este día conmigo te congracias,
    apenas un suspiro me torna eterna y breve ...
    ¿Voy a volar acaso, ya que el alma se mueve?
    En mis pies cobran alas y danzan las tres Gracias.
    Es que anoche tus manos en mis manos de fuego,
    dieron tantas dulzuras a mi sangre, que luego
    llenáseme la boca de mieles perfumadas,
    tan frescas, que en la limpia madrugada
    de estío, mucho temo volverme al caserío,
    prendidas en los labios mariposas doradas.

    ODIO

    Oh, primavera de las amapolas,
    tú que floreces para bien mi casa,
    luego que enjoyes las corolas, pasa.
    Beso, la forma más voraz del fuego,
    clava sin miedo tu endiablada espuela,
    quema mi alma, pero luego, vuela.
    Risa de oro que movible y loca
    sueltas el alma, de las sombras, presa,
    en cuanto asomes a la boca, cesa.
    Lástima blanda del error amante
    que a cada paso el corazón diluye,
    vuelca tus mieles y al instante, huye.
    Odio tremendo, como nada fosco,
    odio que truecas en puñal la seda,
    odio que apenas te conozco, queda.

    YO EN EL FONDO DEL MAR

    En el fondo del mar
    hay una casa de cristal.
    A una avenida de
    madréporas da.
    Un gran pez de oro, a las
    cinco, me viene a saludar.
    Me trae un rojo ramo
    de flores de coral.
    Duermo en una cama un poco
    más azul que el mar.
    Un pulpo me hace guiños
    a través del cristal.
    En el bosque verde que me
    circunda -din don ...
    din dan- se balancean
    y cantan las sirenas
    de nácar verdemar.
    Y sobre mi cabeza
    arden, en el crepúsculo,
    las erizadas puntas del mar.

  • LA OBRA DE ALFONSINA STORNI

    cincolunas

    LA OBRA DE ALFONSINA STORNI

    Los primeros poemas de Alfonsina, tienen una lejana resonancia de los españoles Campoamor, Nuñez de Arce o Marquina. Su primer libro, La inquietud del rosal, de 1916, comienza a delinear los contornos de un rol de mujer al que ella contribuirá a esclarecer como pocas mujeres de su época supieron hacerlo.
    Por aquel entonces, uno de los poemas de Alfonsina que empezó a correr de boca en boca, difundido por las recitadoras, fue el que le garantizó la adhesión de las mujeres. Algo así como el «Hombres necios, que acusáis…», de la mejicana Sor Juana Inés de la Cruz, al que recuerda por la invectiva contra las desmedidas e injustas pretensiones de virginidad. Se trata de «Tú me quieres alba, me quieres de espumas, me quieres de nácar», en el que no sólo conviene a los hombres por la desigual exigencia que plantea, sino que les señala su propia libertad como algo que de lo que hay que volver luego de una etapa de purificación en que «las carnes les sean tornadas» y luego de recuperar «el alma que por las alcobas se quedó enredada». Sólo así, dice Alfonsina, se podrá pretender una virginidad primigenia.
    Ocre, uno de sus libros principales, se publica en 1925. Con este título Alfonsina abandona la retórica rubendariana y en él hay verdaderos hallazgos. Como otras veces, vuelve a identificarse con la muerte: «Yo soy la mujer triste /a quien Caronte ya mostró su remo», y no puede evitar la voluptuosa soberbia de afirmar, en el mismo poema, «Me salí de mi carne, gocé el goce más alto /oponer una frase de basalto /al genio oscuro que nos desintegra» («La palabra»). En relación con su tema de siempre, la lucha con el sexo masculino, hay algo nuevo: El reconocimiento de que contra el hombre no vale la pena luchar, porque la naturaleza ha repartido arbitrariamente los emblemas, la cota y el sexo, la guerra y la maternidad. No está aquí, sin embargo, el reconocimiento de que cota y guerra, y aun el emblema del sexo, son productos culturales. «Con mayúscula escribo tu nombre y te saludo, Hombre». Pero esta aceptación tiene su contradicción en los poemas «Epitafio para mi tumba» y «Dolor». En ellos desea «ver que se adelanta, la garganta al aire /el hombre más bello; no desear amar…», pero también advierte que «la mujer, que en el suelo dormida, /y en su epitafio ríe de la vida /como es mujer, grabó en su sepultura /una mentira aún: la de su hartura». En 1938, cuando ella misma selecciona los poemas para su antología, declara sentir alguna preferencia con el sector de su obra que empieza con Ocre, y su búsqueda estética allí iniciada la llevaría a la libertad expresiva de Mundo de siete pozos, de 1934. Al concluir su vida, un nuevo libro, Mascarilla y trébol, inicia una nueva manera de concebir la poesía. Los poemas dedicados a la naturaleza son allí sobrios y descarnados, con imágenes más bien identificadas con una retórica descarnada y rotunda.
    «La personalidad literaria de Alfonsina Storni tiene, todavía, algunos aspectos que no han sido investigados. Sus trabajos periodísticos, si bien carecen del valor literario que ella misma, sagazmente, adjudicó a los que incluyó en su Antología, sirven para seguir el rastro de un pensamiento que fue, para su época, de avanzada.
    Y lo fue por el hecho de que, por un lado, en la poesía escrita por mujeres, nadie tomó con su claridad de juicio la defensa de un orden más justo y menos ambiguo para la mujer. En su poesía, esta defensa se lleva a cabo a través del despliegue de los sentimientos; en cambio, en sus colaboraciones periodísticas -cuentos y notas-, y pese a las limitaciones con las que seguramente contaría, se permite desarrollar algunas ideas. En ellas no es complaciente con la mujer, sino que le exige ponerse a la altura de sus posibilidades y entregarse de lleno al cultivo de una personalidad que desdeñe los rasgos de infantilismo e indefensión que la han consagrado como víctima perpetua del hombre».
    «La poesía de Alfonsina tiene todavía posibilidades de ser pensada. Una lectura acorde con la intención de la biografía, debe reconocer que el tema principal en la poesía de Storni es la crítica a la concepción patriarcal del amor hombre/mujer, con todas sus variantes, pero poniendo el acento en las dificultades que a la relación le traen la soberbia masculina y su incapacidad de lealtad. «El hombre sombrío», «El hombre sereno», pero sobre todo «Hombre pequeñito», dibujan la figura de un hombre altivo, dedicado a los placeres en algunos casos, pero siempre seguro de su destino y alternando mujeres y amores. «Hombre pequeñito» es un poema en el que, por única vez, Alfonsina reconoce que el hombre puede ser indefenso y necesitar de ella».
    «Pero el motivo literario al que le da mayor preeminencia es el de la naturaleza, motivo que va desde el cliché del modernismo (cisnes, claros de luna, primavera como edad joven) hasta esa naturaleza potente y que despierta todos los instintos, donde cantan chicharras y la pelusilla dorada se transforma en el cabello de la poetisa. La naturaleza se funde con la mujer y le dice que tiene un cuerpo y que debe oírlo, y en el poema «Capricho» es la poeta misma. Mundo de siete pozos es, en relación con la naturaleza, el libro que presenta las imágenes más audaces: mariposas ebrias, blancos lobeznos en lugar de dientes».

    Obras de Alfonsina Storni:
    La inquietud del rosal, 1916
    El dulce daño, 1918
    Irremediablemente, 1919
    Languidez, 1920
    Ocre, 1925
    Poemas de amor, 1926
    El amo del mundo: comedia en tres actos. 1927.
    Mundo de siete pozos, 1934
    Mascarilla y trébol, 1938
    Antología poética, 1938
    El dulce daño, 1920
    Dos farsas pirotécnicas, 1932
    Irremediablemente, 1919
    Poesías completas, 1968
    Nosotras y la piel: selección de ensayos, 1998

  • ALFONSINA STORNI

    5LUNA

    BIOGRAFÍA DE ALFONSINA STORNI

    A finales del siglo XIX, el matrimonio formado por Alfonso Storni y Paulina
    Martignoni, ambos de nacionalidad suiza, se unió a la ola de inmigrantes europeos
    que por ese entonces emigraban a la Argentina en busca de un futuro prometedor.
    Se instalaron en la ciudad de San Juan y allí nacieron sus dos primeros hijos.
    Sin embargo, en 1890 decidieron regresar a su país natal y se asentaron en un
    pequeño pueblo llamado Sala Capriasca, ubicado en la Suiza italiana.
    Allí nació Alfonsina, el 29 de mayo de 1892. Cuatro años después,
    la familia decidió viajar de nuevo a San Juan donde residirá hasta 1900, año
    en que se trasladó a la ciudad de Rosario en busca de nuevas oportunidades.
    Alfonsina creció en un ambiente de estrechez económica y por ello, cerca
    de los once años, tuvo que abandonar sus estudios y ayudar a su madre
    que trabajaba como modista para compensar la falta de recursos causada,
    en gran medida, por la inestabilidad laboral y emocional de Alfonso Storni.
    En 1906, cuando muere su padre, Alfonsina entra a trabajar como aprendiza en
    una fábrica de gorras. Más adelante comienza a trabajar en el teatro
    adquiere conciencia de que debe trabajar duro para ganarse el pan.
    Sin embargo, no la abandona su deseo de estudiar y en 1909 se matricula
    en la Escuela Normal Mixta de Maestros Rurales de Coronda, donde
    también ocupa el cargo de celadora. Al año siguiente obtiene el título de maestra
    rural e inicia sus prácticas en la ciudad de Rosario.
    En esta época empieza a publicar sus primeros poemas en revistas
    locales pero muy pronto, cuando le faltan pocos meses para cumplir los
    veinte años, abandona Rosario y toma el tren rumbo a Buenos Aires:
    embarazada de un hombre casado y veinticuatro años mayor que ella,
    está decidida a empezar de nuevo en la capital argentina.
    Desde ese momento hasta su muerte, afrontará la vida como madre
    soltera pasando por alto los prejuicios morales de una sociedad hipócrita y estrecha.
    Durante sus primeros años en Buenos Aires, debe ajustar las
    exigencias domésticas y la crianza de su hijo a su
    incorporación al mundo literario; además trabaja, primero como
    cajera en una farmacia y en una tienda, y después como
    «corresponsal psicológico» en una empresa importadora
    de aceite de oliva. En 1916 aparece su primer libro,
    La inquietud del rosal; asimismo, consigue sus primeras colaboraciones
    literarias en Fray Mocho, Caras y Caretas, El Hogar, Mundo Argentino,
    que la ayudan a llegar a fin de mes y la estimulan intelectualmente.
    También establece amistad con reconocidos intelectuales de pensamiento socialista,
    como Manuel Ugarte y José Ingenieros y empieza a recitar sus poemas
    en bibliotecas de barrio.
    En 1919 se hace cargo de una sección fija en la revista La Nota y más tarde
    en el periódico La Nación, en las que escribe de las mujeres y del lugar que merecen
    en la sociedad: «Llegará un día en que las mujeres se atrevan a revelar
    su interior; este día la moral sufrirá un vuelco; las costumbres cambiarán»
    (en «Cositas sueltas»). A menudo se refiere, no sin ironía,
    a la actitud de las mujeres huecas;
    por ejemplo, en «Diario de una niña inútil» habla de las vidas
    tediosas y superficiales de las caza-novios.
    Asimismo, escribe sobre el derecho al voto femenino —que las
    leyes argentinas no aprobarán hasta el año 1946— y cuestiona las pesadas
    tradiciones que les impide a la mayoría de mujeres a elegir un camino
    más allá del matrimonio. De hecho, en sus artículos adopta
    un periodismo combativo y en más de una ocasión enfatiza
    que lo primero que se tiene que hacer para cambiar la situación
    de las mujeres es romper con los tópicos, los arquetipos,
    los lugares comunes que la sociedad patriarcal espera de ellas y para ello las
    insta a demostrar que son seres pensantes.
    Estas ideas, en la década de los años veinte y en Hispanoamérica,
    resultaban realmente innovadoras. De allí que las mujeres de su tiempo se dividieran
    ante su actitud libre y desprejuiciada: unas la admiraban y otras la consideraban
    peligrosa. Es posible que sus artículos lleguen a desencantar
    a sus lectoras del siglo XXI, pero no se puede prescindir de estos
    ya que muestran sus convicciones feministas, muchas
    veces planteadas en formas heterodoxas, humorísticas e irónicas: llega a afirmar
    que incluso aquellas mujeres que justifican su rechazo al feminismo
    ya están siendo feministas. A lo largo de estos años, Alfonsina trabaja
    intensamente: publica poesía, dicta conferencias y se desempeña como profesora
    en escuelas públicas, primero en el colegio Marcos Paz y la Escuela de Niños Débiles
    del parque Chacabuco y, más adelante, en el Instituto de Teatro Infantil
    Labardén y la Escuela Normal de Lenguas vivas. A partir de 1926 dispondrá
    también de una cátedra en el conservatorio de Música y Declamación donde
    impartirá clases de Arte escénico, mientras que por las noches dará clases
    de castellano y aritmética en Escuela de Adultos Bolívar.
    A mediados los años veinte sufre una crisis de agotamiento físico y emocional
    debido al exceso de trabajo. Se le recomienda descanso absoluto
    y así comienzan sus reposos anuales en Mar del Plata y Córdoba.
    Pero esos reposos duran poco: Alfonsina necesita de su trabajo para vivir
    y sacar adelante a su hijo. No obstante, a pesar de sus crisis nerviosas
    y, sobre todo, gracias a su empeño, a finales de la década de los años veinte
    Alfonsina ha logrado convertirse en una mujer profesionalmente consolidada
    en el mundo intelectual de Buenos Aires, un mundo dominado por hombres.
    Por aquel tiempo asiste ya a las reuniones y comidas del grupo Anaconda,
    con Horacio Quiroga (con quien llegó a compartir una intensa relación),
    Enrique Amorim, Emilio Centurión, etc. También participa activamente en las
    tertulias artísticas lideradas por Benito Quinquela Martín en el café Tortoni
    y en las del grupo Signo, realizadas en el hotel Castelar.
    En estas últimas conoce a Ramón Gómez de la Serna y a Federico García Lorca;
    allí también suele divertirse cantando algún tango o jugando al truco con sus amigos.
    La obra poética de Alfonsina es el mejor legado para intentar comprender
    su vida, marcada por la lucha cotidiana. Sin embargo, pasó por un largo
    proceso de aprendizaje poético para realmente fundir la voz de la mujer moderna que ella era
    , con la voz interna de sus poemas. Sus primeros cuatro poemarios
    (La inquietud del rosal, El dulce daño, Irremediablemente, Languidez),
    publicados entre 1916 y 1920, todavía imitan el estilo romántico-modernista,
    herencia de sus lecturas rubendarianas y de otros autores modernistas
    como Amado Nervo; en ellos se respira la fragancia
    del lenguaje preciosista (cisnes, oro, perlas, lunas). La mayoría de
    sus poemas de esta época se ajustan al llamado «poema de amor»,
    formato plagado de clichés anticuados y excesivamente románticos
    que en ese entonces prevalecían en la escritura femenina,
    la de las llamadas «poetisas», la forma común con que se designaba
    a las mujeres poetas para diferenciarlas de «los poetas», y una manera
    de colocarlas en un subgénero literario. En esos años no era común que
    la mujer escribiera pero, si lo hacía, debía ajustarse a las formas
    tradicionales sin sobrepasar los límites que dividían al amor ingenuo
    l deseo puro; en otras palabras, debían esconderse bajo expresiones
    sentimentales que no resultaran peligrosas para el público asustadizo.
    Aunque Alfonsina en esta primera etapa escribió dentro de este
    estilo particular, es justo decir que estos primeros poemarios nacen,
    ante todo, de profundos temas humanos, de experiencias vividas;
    en definitiva, poemas sinceros y autobiográficos (en «La loba», por ejemplo,
    hace alusión directa a su supuesta maternidad ilícita). Así,
    más que en lo artificioso y literario, Alfonsina ahonda en el vértigo del
    mundo emocional a la Así, más que en lo artificioso y literario, Alfonsina ahonda
    en el vértigo del mundo emocional a la par de lo cotidiano (como en «Sábado» o
    «Tempestad»). El resultado: poemas de tono íntimo y doméstico donde también
    sobresalen temas transgresores como el deseo femenino que
    le valieron los más duros comentarios por parte de la crítica tradicional,
    la doble moral a la que está sometida la
    virginidad de la mujer («Tú me quieres blanca»), la igualdad erótica
    entre los sexos y el derecho de independencia de ellas («Hombre pequeñito»),
    la posición subordinada y el legado de silencio heredado por
    las mujeres («Bien pudiera ser»). Y, por supuesto, su constante obsesión
    por la muerte («Oh muerte, yo te amo, pero te adoro vida... »,
    nos dice en «Melancolía»).Por lo tanto, a pesar que adoptó este formato tradicional,
    deformó sus contenidos ideológicos para dar cabida a un nuevo modelo de mujer
    , una que, sí, en ocasiones se sometía al hombre y le esperaba con regocijo de amante,
    pero que también libraba batallas, se autoabastecía de las cosas de la vida,
    deseaba pieles y olores, experiencias, y aceptaba derrotas
    para luego erguirse
    soberbia y altiva ante las vicisitudes. Las contradicciones evidentes
    en estos poemarios tuvieron que ver con aspectos biográficos:
    aunque para entonces ya era una mujer independiente,
    también anhelaba ser amada (sus relaciones amorosas siempre fueron malogradas);
    en pocas palabras, ansiaba ternura y aceptación. El hombre será, en este
    sentido, el amado enemigo, y la sociedad, una entidad que no
    alcanzará a comprender su diferencia. Por eso su rebeldía, su subversión,
    la expresará por medio de la burla y la risa ácida («¿Qué diría?»).
    Sin embargo, a veces su excesiva sensibilidad traicionará su fortaleza y
    sufrirá, como ya se ha dicho, recurrentes crisis nerviosas causadas también
    por el exceso de trabajo.
    El giro de su estilo poético comenzará a identificarse en Ocre,
    publicado en 1925 —a sus treinta y tres años— donde se muestra más
    introspectiva; el sufrimiento identificado en estos versos
    es menos estridente y sus autorretratos, irónicos. Como telón de fondo,
    toma fuerza la forma en que
    percibe la libertad de su cuerpo en una cultura conservadora;
    en una trilogía se atreve a elaborar una teoría sexual: «La rueda»,
    «La otra amiga», «Y agrega la tercera». Para entonces ha descubierto
    que la causa de sus dolores no es el hombre sino ella misma;
    sospecha que este sólo le dará amor efímero e incomprensión
    y ha aprendido a aceptar este revés en sus las relaciones,
    la tiene sin cuidado porque precisamente vive su mejor momento: ha sabido
    salir adelante sola con su hijo (con quien mantiene una estrecha relación),
    es miembro de los grupos literarios y colaboradora de las revistas y periódicos
    más prestigiosos, es reconocida en las calles por sus lectores, aparece
    en reportajes y entrevistas de páginas enteras, se gana la vida ejerciendo
    su profesión de maestra, tiene buenos amigos y se ha ganado un lugar
    indiscutible en el ambiente cultural bonaerense. Se siente rodeada de
    aceptación y cariño, aunque algunos críticos todavía insisten
    en tacharla de inmoral.
    Pero las cosas comienzan a cambiar a finales de esa década:
    su primera obra de teatro, El amo del mundo, estrenada en 1927,
    fue duramente criticada debido, entre otras cosas, a la mala interpretación
    que se hizo de las ideas feministas expuestas en ella. A los tres
    días se suspendieron las presentaciones y los cronistas la despedazaron;
    uno de ellos escribió: «Alfonsina Storni denigra al hombre».
    Ella, dolida e indignada, se defenderá en un artículo
    titulado «Entre telones de un estreno». Por otro lado, desde
    algunos años atrás, Alfonsina también recibía la crítica de la nueva
    estética argentina, es decir, los ultraistas en torno a la revista Martín Fierro,
    liderados nada más y nada menos que por un joven y talentoso Jorge Luis Borges.
    El Ultraísmo, que abogaba por un lenguaje metafórico donde la imagen
    era la protagonista absoluta, no podía tener afinidad con el estilo de Alfonsina,
    más inclinado a la confesión, hijo de la resaca modernista.
    Los martinfierristas a menudo la tildaron de cursi y se burlaron de ella
    en su famosa sección «Parnaso satírico». Su fracaso teatral y los dardos
    de la nueva generación de escritores fueron sin duda tragos
    amargos para Alfonsina.
    No volvió a publicar otro poemario hasta 1934, nueve años después de
    Ocre. En los últimos años se había interesado por autores
    más contemporáneos y en 1930 y 1932 realizó viajes a Europa que
    le permitieron conocer el trabajo de la Generación del 27. Pronto descubrió
    una nueva forma de escribir, una más acorde a sus vaivenes interiores
    de ese momento. Así encarnó una metamorfosis maravillosa y
    evolucionó de «poetisa» a «poeta»: al fin la mujer liberada y la autora, ahora
    libre de su estilo anterior, se mezclaron en una sola voz. Mundo de siete pozos
    fue toda una revelación: Alfonsina adoptó una forma más visual
    de representar las emociones: juegos de imágenes dentro de un mundo
    precario e inestable, donde los pozos —ojos, oídos, boca, fosas nasales—
    por los cuales llega a nuestro cerebro la percepción del mundo son cargados
    de violencia y tensión; la angustia metafísica se convierte en la espina
    dorsal de los poemas («Agrio está el mundo, / inmaduro, / detenido»),
    una angustia que llega hasta nosotros por medio de representaciones
    de mariposas ebrias y mejillas musgosas. En este poemario también
    son recurrentes los motivos de ciudad: las avenidas, el transporte
    público, claras alusiones a la modernidad.Cuatro años después, y
    un mes antes de su muerte, publica
    Mascarilla y trébol, donde culmina la aventura vanguardista aunque en el fondo
    de un abismo: en este último libro la realidad aparece rodeada de imágenes
    oscuras, a veces grotescas. Y esto se comprende teniendo en cuenta el momento
    biográfico por el que pasaba su autora: en 1935 se le diagnosticó
    un cáncer de pecho y debió someterse a una operación quirúrgica
    en la que perdió su seno derecho. El hecho de tener que pasar
    por una mutilación física para seguir viva, la marcó profundamente.
    En los dos años siguientes a la operación, presiente la cercanía de la muerte
    ya que su salud empeora
    de manera irremediable. Por lo tanto, Mascarilla y trébol, escrito en estado
    casi de trance ante la certeza de morir, tiene un tono de reconciliada despedida
    Pero al mismo tiempo la arrinconan el dolor físico y la desazón anímica.
    No ayuda para nada que su amigo Horacio Quiroga, la hija de este,
    Eglé (a quien Alfonsina profesaba un cariño especial), y su enemigo
    literario, Leopoldo Lugones, hayan decidido quitarse la vida; Quiroga
    en 1937, Eglé y Lugones unos meses antes que ella.
    Alfonsina, por lo visto, consideraba que el suicidio era una
    elección concedida por el libre albedrío: en un poema dedicado a Quiroga
    expresa su admiración por la valiente decisión del escritor. De esta forma,
    en octubre de 1938, se marcha a Mar del Plata, supuestamente a
    descansar. Una noche, después de unas horas de intenso dolor,
    llama a la asistenta de la pensión donde se hospeda y le dicta una
    carta para su hijo. En la madrugada del 25 de octubre, Alfonsina,
    de cuarenta y seis años, bajo una lluvia torrencial, se arroja al mar
    desde un espigón dejando como testamento un poema, «Voy a dormir»,
    y una carta de despedida a su hijo Alejandro.

  • ¡HOLA!

    ¡Hola a todo el mundo! Soy nueva en esta comunidad, donde quiero hacer un blog homenaje a mis poetas preferidos y a los grandes escritores.
    Espero además, hacer buenos amigos por este rincón.
    Mi nombre es Luna.

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